The Black Parade: ¿el Bohemian Rhapsody emo por antonomasia?

Gerard Way y su séquito anunciaron que retomarían los escenarios después de casi siete años de ausencia. Para celebrar su regreso, estiramos el flequillo y hacemos un viaje retrospectivo a uno de sus discos más insignes.

Texto: Matías Irala

Mucho de los que fuimos jóvenes durante la primera década del 2000 recordaremos ese himno titulado Helena, que catapultó a los americanos My Chemical Romance a la fama. Pronto el vocalista – que lucía sacado de un film de Tim Burton- se convertiría en todo un referente de una generación de jóvenes insatisfechos que, avivados por el último estertor de MTV, encontraron comodidad en la asociación de la banda con la corriente “emo” -que alcanzaba su auge gracias al atisbo de plataformas sociales como Orkut y la curaduría del hoy extinto Myspace- consolidando de esta forma, lo que sería quizás la última fiebre subcultural de tribus urbanas.

Pero, ¿merecían realmente los americanos tal etiqueta? Después de todo, los propios integrantes negaban tener alguna conexión con la corriente “emocional”. Incapaces de evitar el estigma, terminaron por ser coronados como los reyes indiscutibles del género y Gerad Wayne pasó a ser una especie de mesías puberal con delineador negro que venía a replicar en sus líricas la misma actividad, que ya Kurt Cobain había hecho en los 90: exponer la tristeza y el enojo de toda una generación de jóvenes, aunque en un formato mucho más edulcorado y fashion que su antecesor.

Y aunque el coqueteo con el suicidio fue más bien un recurso metafórico y estilístico que una declaración de intenciones –como sí lo fue para Cobain- fueron acusados en varias ocasiones por los medios especializados y los sectores conservadores, de impulsar a la autoinmolación dentro de sus canciones.

Después de tanta parafernalia mediática ¿había espacio para el criterio musical? La respuesta es sí, bastante, pero como pasa con todas bandas que salen a la par de corrientes de moda muy fuertes, el trabajo de los americanos terminó quedando eclipsado por la prensa que los acorraló con el adjetivo de ser “mero producto mainstream” y una escena rockera que no conseguía apadrinarlos.

Prueba de ello es su apetitoso álbum Welcome to the Black Parade, lanzado en octubre del 2006 y que puso en el pico más alto de su carrera a la banda. Enmarcados dentro de una línea conceptual, devolvieron esa pizca de opera-rock que bandas como David Bowie y Queen han sabido exprimir. Pero como las comparaciones son siempre constantes ¿lograban realmente responder al mismo nivel que sus ancestros?

El desfile negro: el concepto detrás de la música

The Black Parade, es un disco conceptual de opera-rock que narra la historia del paciente, personaje que sufre de cáncer terminal y gradualmente va extinguiéndose conforme se acrecientan los síntomas de su enfermedad ¿Toda una inyección de ilusión para sus jóvenes seguidores de aquel entonces?

A esto cabe agregar que la muerte se personifica a través de un desfile negro, dónde se van materializando la biografía personal de nuestro querido paciente y que además será el escenario para presentar al álter ego oscuro de la banda.

Gerard Wayne y compañía pretendían rendir tributo al rock de los setenta y principios de los 80, de ahí los coqueteos sonoros que de momentos nos devuelven épicos coros al estilo Queen. La insurrección juvenil del The Wall de los Pink Floyd, sólo basta escuchar el track The End que automáticamente nos llevará asociar a la canción In the Flesh de los británicos. También destacar los uniformes al estilo The Beatles en Sgt. Pepper’s que portaron durante los videos y la gira -en una versión más dark – por si se presentase un velorio de último momento.

Los detractores acusaron que las pretensiones de la banda estaban muy por encima de su condición, además de apropiarse de influencias que no respondían a su género inicial. Lo cierto es que muchos adolescente de entonces, que sufrieron la última influencia generacional de la caja boba y se enfrentaban al inminente advenimiento digital, encontraron regocijo – ya sea por moda o rebeldía – en el testimonio melancólico que dejaba Gerard y sus compañeros en sus canciones.

The Black Parade no fue una reinvención del género rock, no transgrede absolutamente nada en materia de estilo ya que todo es una retrospectiva y yuxtaposición de elementos tomados del pasado, pero sí certifica a lo ancho sus excelente catorce canciones, el armagedon lleno de desesperanza que heredaron los adolescentes después de hechos como el once de setiembre, la lucha por derribar el acné y quizás la última tendencia de la cultura pop – hasta la fecha- que eleva la incomprensión propia de la juventud a mercadotecnia generacional.

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